Actualización
En marzo de 2017 compartí varias reflexiones sobre programas de fidelidad. Los datos personales son una parte valiosa de esa relación, pero no bastan para sostenerla. Me interesaba la experiencia que recibe cada persona, más allá de un beneficio puntual o de una mecánica de puntos.
Al hablar de la nueva fidelización digital con el equipo de Findasense, volvía a la misma pregunta: ¿por qué habría de confiar alguien en una marca que conoce tanto sobre sus hábitos? Habíamos reunido ideas para diseñar mejores programas, pero no quería convertir una lista de claves en sustituto de la relación real con el cliente.
Mi opinión entonces era clara: la era de la inteligencia digital será transparente o no será. La gobernabilidad de los datos, la privacidad y la ética afectan a la experiencia del consumidor. Para mí, la confianza se gana explicando qué información se usa y respetando a quien la entrega.
La tecnología abre posibilidades para atender mejor a las personas, pero también nos obliga a responder por nuestras decisiones. Aquella reflexión enlaza con una pregunta que sigo haciéndome en «¿Existe la privacidad en internet?»: qué control conservamos sobre lo que compartimos.
