Actualización
En septiembre de 2015, tras la renuncia de Otto Pérez Molina a la presidencia de Guatemala, en Findasense quisimos observar qué estaba pasando en las redes sociales. Me interesaba entender cómo se organizaban las conversaciones y qué podían contar sobre la movilización ciudadana. El cambio político tenía causas y protagonistas fuera de las pantallas; las redes eran una parte de aquella historia, no su explicación completa.
Meses después compartí con entusiasmo la inminente llegada de Uber a Argentina. El texto «Qué es y cómo funciona Uber», de Guillermo Tomoyose en La Nación, ayudaba a conocer el servicio. Una aplicación que conecta a pasajeros y conductores podía cambiar lo que la gente esperaba del transporte, y me parecía importante mirar esa posibilidad de cerca.
La reacción del sindicato de taxistas, que recogió Nicolás Balinotti, mostraba la otra cara del cambio. Una nueva forma de ofrecer un servicio puede despertar interés y, a la vez, abrir preguntas sobre las reglas de un mercado y el trabajo de quienes ya están en él. Me pregunté quién ganaría aquel pulso, sin dar por resuelta la respuesta.
Guatemala y Argentina eran historias muy distintas. Las reuní porque ambas me hicieron pensar en algo que sigo observando: las herramientas digitales amplían la capacidad de participar y de cuestionar lo establecido, pero sus efectos dependen de las personas, las instituciones y las decisiones que vienen después.
