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He dedicado buena parte de mi carrera al emprendimiento y he visto cómo ideas prometedoras se estrellan contra una necesidad que no era tan clara como parecía. Por eso, antes de enamorarse de una solución conviene hablar con quienes tendrían que usarla.
En una encuesta que compartí, muchos preferían empezar por su cuenta o en una startup antes que en una gran tecnológica o consultora. No hay una respuesta universal: importa lo que se quiere aprender, el margen para probar y el riesgo que cada persona puede asumir.
Las autopsias de startups de CB Insights señalan motivos que se repiten, entre ellos la falta de capital y no encontrar una necesidad real del mercado. Son lecciones de casos estudiados, no una fórmula que prediga el destino de cualquier empresa.
Fracasar obliga a revisar hipótesis y decisiones, no a convertir el tropiezo en una épica vacía. También me interesan las guías para emprendedores sociales: empezar por un problema concreto, definir a quién se sirve y comprobar que la iniciativa puede sostenerse.
