Reflexión
En abril de 2020 compartí un texto de El País que me hizo pensar en la etapa posterior a la pandemia. El futuro no estaba escrito, pero ya veía que la tecnología iba a tener un papel decisivo en nuestra vida durante la década siguiente.
Lo digital entró de golpe en muchos entornos y cambió hábitos que parecían estables, también en el consumo. Lo que antes era una posibilidad para algunas organizaciones pasó a ser una necesidad inmediata para muchas más.
Vi cómo la innovación se aceleraba en distintos sectores. Ese impulso mostraba tanto la capacidad de adaptación como el trabajo pendiente: incorporar perfiles tecnológicos, revisar procesos y entender qué necesitan las personas.
No quería confundir una respuesta de emergencia con una transformación terminada. Para aprovechar aquel aprendizaje había que sostener los cambios útiles cuando pasara el momento más urgente.
