Reflexión
En las primeras semanas de la pandemia vi iniciativas de la sociedad civil que ponían la innovación y la tecnología al servicio de otros. La urgencia hizo que sanitarios, empresas y ciudadanos buscaran soluciones con los recursos disponibles.
La digitalización permitió mantener actividades y explorar usos de la inteligencia artificial, pero también hizo más visibles los riesgos de ciberseguridad. Acelerar no equivale a descuidar la protección de las personas y sus datos.
En Milton Keynes, los robots de reparto ayudaron a llevar compras a domicilios durante el confinamiento. Ese ejemplo me interesa por su utilidad concreta: la automatización tenía sentido cuando resolvía una necesidad sin añadir contacto innecesario.
También observé nuevas formas de coordinar el trabajo y la producción creativa a distancia. No conservo una fuente independiente para repetir las cifras o el recorrido exacto de aquella campaña audiovisual; me quedo con la capacidad de colaborar entre equipos separados. Lo importante es qué problema resolvemos con la tecnología.
